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martes, 6 de julio de 2010

CANDELA. Capítulo I (relato en tres capítulos)



CANDELA

“La estética es superior a la ética, pertenece a una esfera más espiritual (…) La ética, como la selección natural, hace posible la existencia; la estética, como la selección sexual, hace bella y maravillosa la vida, la llena de formas nuevas y le da progreso, variedad y cambio”. El escritor dudó acerca de incluir aquella cita textual de Óscar Wilde en su artículo. Si mostraba al lector la cita, haría innecesaria toda glosa de sus palabras –inmejorables por elocuentes y certeras-, y por ende –gracias a su hermosa concisión- volvería superfluo todo el plúmbeo artículo que le habían encargado redactar para el suplemento dominical (Ética versus estética). Sentado en su estudio, frente al ordenador, el hombre consideraba la cuestión, cuando la voz ronca y algo cascada de Candela –su asistenta, que en aquellos momentos limpiaba el baño escobilla en mano- vino a interrumpir desagradablemente sus reflexiones con el canturreo de una rumbita barriobajera. -¡La madre que la parió! –Aquella mujer sólo venía a limpiar su casa tres horas a la semana los viernes por la mañana, pero al parecer le era imposible mantener la boquita cerrada durante ese breve espacio de tiempo. Apenas dos meses atrás, el escritor le había prohibido que sintonizara a todo volumen una emisora de radio que expelía a partes iguales, publicidad y canciones ligeras de amor; harto de soportar aquel haz de melodías grasientas y lacrimógenas. En aquella ocasión Candela obedeció de mala gana, dictaminando que si al escritor no le gustaba dicho género musical es porque él no era un hombre romántico. ¡Aquella palurda confundía el romanticismo con el mal gusto!


-¿Se quiere usted callar que estoy trabajando? –gritó el escritor.
-¡Ay! Perdone, le juro que me pongo a cantar y no me doy cuenta.


El escritor trató de concentrarse nuevamente en el artículo, pero ya no fue capaz, la irritación hurgaba su mente con la misma insidia que el ruido del motor de una nevera vieja. Sintió un amago de asco hacia su tarea que le hizo levantarse de la silla. En aquello había acabado su carrera, a los cuarenta y tres años de edad se veía reducido a la condición de articulisto: un listillo que escribía articulitos para un público de gustos dirigidos e ideas somnolientas. El día anterior le había llamado su editor para rechazar su última novela; por supuesto, la negativa le llegó servida con escogidas palabras y delicadas excusas como si quisiera envolver aquella bofetada con un precioso papel de regalo. No esperaba menos, los editores tratan siempre con exquisita educación a los escritores, incluso las cartas dirigidas a los autores noveles en las que rechazan sus originales –en realidad los mandan a la mierda- eran primorosamente corteses. El escritor no replicó, sabía que su editor tenía razón, sus últimas obras editadas habían cosechado un sonoro fracaso de crítica, y lo que era peor, de ventas. El escritor había comenzado su carrera con tres fulgurantes novelas, durante una década fue el chico maravillas de la narrativa de su país, para enfangarse después en un período de arrastrado declive. Nunca le habían rechazado nada, era la primera vez. Cada año y medio sacaba una novelita en la que se copiaba a si mismo, básicamente contando las mismas historias, pero cambiando los personajes y la voz del narrador. La crítica, con la misma vehemencia con que había ensalzado ad nauseam sus primeras obras, se dedicó a demolerlo. Aprovechando que había levantado su culo de la silla, el escritor se sirvió un whiskazo, aún sabiendo que las penas saben nadar y que de nada sirve tratar de ahogarlas en alcohol. Es imposible averiguar cuando la imaginación decide jubilarse –reflexionó-. El autor barruntaba que su bloqueo creativo provenía de su cambio de vida. Tras su triunfo literario, su existencia perdió garra, pasó a vivir holgadamente, sin grandes preocupaciones, frecuentando ambientes repletos de pijos, intelectuales, pedantes y esnobs ¿de qué iba a escribir? ¿sobre su divorcio? No tenía ganas. Toda su obra se edificaba sobre experiencias adquiridas antes de alcanzar el éxito. Su mejor libro: En el nombre de Eva, describía el submundo de la industria pornográfica nacional, basándose en apuntes tomados en la época en que fue redactor jefe de una revista porno. -Al menos mi amigo old 12 years no me abandona –dijo en voz alta el escritor sirviéndose otro rebosante vaso de whisky. Eran las once de la mañana. ¿Qué más se podía hacer a una hora semejante? Vivía sólo, en aquella puñetera urbanización de chalés adosados a más de cien kilómetros de la ciudad. Súbitamente oyó como Candela volvía a cacarear su rumbita y el escritor se preguntó sobre el motivo por el cual no la echaba a la puta calle. Con tanto paro laboral que había, no le costaría sustituirla por otra que trabajara igual de bien –en esto no tenía queja-, pero que entendiese las virtudes del silencio. Se sirvió un tercer trago concluyendo que más valdría intentar acabar el artículo por la tarde. Con la mente turbia, el escritor se derrumbó en uno de los sofás del comedor, no sin antes activar en el equipo de música un compacto con la tercera sinfonía de Mahler. Candela apareció en el salón sonriendo, anunciándole que ya había terminado de limpiar. El escritor extrajo la billetera del pantalón y abonó lo acordado. Candela canturreó una coplilla y el escritor pensó que después de todo más valía malo conocido que bueno por conocer ¿no fue la semana pasada que se enteró que a unas amistades suyas la asistenta les había robado? Mientras la mujer guardaba el dinero en su bolso barato, el hombre la observó con apagada curiosidad. Candela tenía el pelo largo y renegrido a juego con la punzante oscuridad de sus ojos y la abundancia de rimel que los enmarcaba, un maquillaje que le proporcionaba una nota inquietante en su apariencia, entre teatral y operística. No dejaba a su vez indiferente su excesiva anatomía: el trasero craso y expansivo, el pecho abundante y desbordado, las caderas anchas y el resto de su cuerpo robusto; atributos que en cualquier otra mujer hubiesen sido expresión de voluptuosidad, pero que en Candela  tan sólo constituían desmesura y desproporción, pues hasta parecía más alta de lo que en realidad era. Destacaban también su nariz chata; orejas de ratona; el nacimiento irregular del pelo en el cráneo, serpenteándole curiosamente la frente; y las cejas exageradamente depiladas. Por abalorios: dorada cadena al cuello con medalla de la Virgen y cinco anillos de oro, tres en la mano izquierda y dos en la derecha; uno de ellos, un sello con una “c” mayúscula. La completaban unos andares bastos, se diría que de campesina, que rimaban con una general tosquedad en su manera de expresarse, actuar, gesticular, vestirse y pensar. Siendo el único rasgo conocido de sofisticación de aquella mujer el que se afeitaba las axilas.

Como hacía todos los días después de limpiar, Candela se preparó un café exageradamente azucarado y se encendió un pitillo. Aspirándolo con caladas profundas, se plantó a mirar en silencio por la ventana del salón-comedor, oteando por el resquicio que dejaba la cortina estratégicamente entreabierta. El escritor nunca comprendió que vigilaba con tanta atención. Frente a su casa apenas había la pequeña oficina de correos de la urbanización –que ni siquiera abría todos los días laborables-, una hilera de viviendas adosadas y dos chopos mustios. Aquella mañana se lo preguntó. 


-Se saben muchas cosas de la gente por las veces que van a la oficina de correos –respondió la mujer con un deje de misterio.
-¿Ah, sí?
-Sí, en el rato que llevo mirando han entrado el presidente de la peña pajaril, el vecino que vive en la rotonda, el director de la escuela y el hijo del alcalde.


El hombre sintió una punzada de malestar ante aquellas observaciones. ¡Será chismosa la tía! Sólo el Todopoderoso sabría cuantas veces su asistenta habría husmeando en sus cosas: 


-¿Y qué tiene eso de particular? –preguntó el hombre con una hostilidad que le pasó inadvertida a Candela.
-El presidente de la peña pajaril estudia casarse por catálogo con una rusa, se cartea con varias y les certifica las cartas. El tío de la rotonda está enganchado al juego de las maquinitas y al bingo, a cada rato recibe notificaciones de embargos. El director de la escuela va a recoger sus hormonas, que se las envían desde Alemania, se las inyecta para que le crezcan tetas de mujer. Y Feliciano, el hijo del alcalde, tiene un apartado de correos por el que recibe la droga que luego vende al menudeo en el pueblo, lo hace para costearse el pico. Aunque el camello oficial del pueblo se llama Aítor, uno que está aconchabado con el cabo de la guardia civil y trabaja de camionero a modo de tapadera –Candela soltó todo aquello del tirón, sonriendo con expresión fresca y tono de voz divertido.


El escritor se sintió momentáneamente anonadado. Y él que se quejaba que en aquel pueblo nunca pasaba nada: -¿Y usted cómo sabe todo eso?


-Yo sé muchas cositas –respondió Candela haciéndose la interesante- Limpio siete casas, y ¡claro! aunque una no quiera, acaba enterándose de cosas; pero además tengo un grupito de amigas que cada día después de dejar los niños en la escuela a primera hora de la mañana, nos vamos todas juntas a tomar un cafelito, y como mis amigas trabajan en lo mismo que yo, pues lo que no se entera una, se entera la otra, y nos lo contamos todo.
-¿Y qué más sabe? –inquirió el escritor espoleado por un sentimiento extraño en el que se mezclaban de forma híbrida la repulsa y la atracción.
-Veo que usted también es curioso como yo –contestó Candela con una sonrisa pícara y triunfal.
-Normal, soy escritor, me interesa la condición humana.
-Pues verá –Candela se sentó en un sillón que movió hasta colocarse frente a su patrón-. El cura es maricón y lo chantajea un chapero menor de edad al que conoció mientras le daba clases de religión en la E.S.O.; Don Pascual, el alcalde, es borrachuzo perdido, pilla unas cogorzas que hasta se cae por las escaleras del Ayuntamiento; el director de la caja de ahorros es uno de esos que en la cama le gusta que le zurren; el dueño del karaoke es adorador del diablo; el presidente del club de ajedrez viaja a países raros para follarse niñas; la mujer del jefe de la policía municipal pega a su marido y le pone los cuernos; Ruth, la testigo de Jehová, tiene un lío con el repartidor de butano pakistaní; el Juez de Paz es el dueño del puti-club y apalea a las putas rebeldes; y el teniente alcalde de urbanismo es mediomafioso, esnifa droga y canta narcocorridos mexicanos, y para mí que tiene a alguien preso en el sótano, pues es el único sitio de la casa que tiene cerrado con candado y baja con platos de comida que luego los sube vacíos. ¿Interesante, verdad? Pues esto no es nada, podría seguir contándoles cosas acerca de los habitantes de este pueblo durante horas y horas.


El escritor se quedó atónito por unos segundos. Todo lo que acababa de oír era demasiado grotesco para ser mentira. Aquella mujer era el santo grial del chisme: -Por favor, no se vaya. Voy a salir un momento. Le pagaré tres horas más, pero no se marche hasta que haya vuelto. –Casi sin despedirse, el escritor se lanzó a la calle con prisa, con gestos que parecían de rabia; necesitaba tomar el aire, pasear un poco, rebajar la tensión. Caminó hasta el centro de la localidad con la sensación de que pisaba aquellas aceras por primera vez, el pueblo y la gente que le saludaban al cruzarse se revelaban en su imaginación de una manera novedosa e insólita, ofreciendo detalles en los que no había reparado hasta entonces. Deambulaba aturdido por la emoción, y como un compositor que comenzaba a escuchar en su mente una melodía,  iba preguntándose y anotando para sí que secretos ocultaría el quiosquero, la frutera o el dueño del bar en el que solía desayunar cada mañana. Volvía a recobrar el tono muscular creativo y todo se lo debía a Candela ¡Y pensar que había querido despedirla! A cada tramo de calle que recorría, a cada plaza ganada, aceleradamente se iba agrandando la grieta por la que se filtraba  el argumento de una novela-río, un monstruo literario que emergía de la ciénaga de habladurías que había regurgitado Candela. Su asistenta se constituía en la fuente primaria del futuro artefacto, el gran demiurgo de su proyecto. Con el firme propósito de utilizarla, de sonsacarle todo lo que supiera acerca de las miserias de los vecinos de aquel pueblo, el escritor regresó a su casa.

viernes, 2 de julio de 2010

PALABRAS


PALABRAS


La vida es aquel verso
que acarició la piel y besó el alma.
O así, al menos, la quiero vivir yo.
Porque…

¿Sabes, amigo?
A veces, el corazón no se protege en aceros
ni consume hidratos a ritmo de bongos;
a veces, no se presenta blindado,
sino que llora nieves
y no es más que un pantano de lamentos
o una marisma de sinsabores,
luciendo melaza por coronarias
y vertiendo sedas en la sangre;
a veces, el corazón se vuelve niño
y hasta puede ser que detone
en un arrebato de verbenas.

Y es entonces cuando preciso
que las realidades se tiñan de romero,
espliego o tomillo,
y se adornen de hierbabuena y albahaca;
que se acicalen, los segundos de hiel,
con jazmines y azahares;
que se turben, tímidos,
los malos pensamientos,
ante un regalo de luz de estrellas;
que la cólera y la rabia
se engalanen de tisú y gasas
y se contagien de lo sutil de las mismas,
siendo apenas un suspiro leve
o el gemido quedo que se abrace al silencio
y, en silencio, desaparezca.

Será que, cuando la vida no me gusta,
amigo mío,
me la tengo que inventar
para que luzca galana.
Será que los sueños de niña
no se me durmieron bajo el ala de algún duende
y piden su espacio en la realidad que me circunda.
Será que cuando miro dibujos que parecen sombreros,
voy más allá y veo boas y elefantes dentro.

Porque,
¿Sabes, amigo?
Necesito pensar que las mañanas
depararán, siempre, una gota de rocío
que ha de temblar, incierta,
en el pétalo aterciopelado de una rosa;
necesito saber que cada tarde
me regalará una paleta de colores
y las brochas de una suave brisa
para que pueda embadurnar, a placer, el horizonte
con alegres pinceladas de aliento;
necesito pensar que las horas duras
no son más que níveos copos de algodón
y esquirlas de estrellas,
que llenarán el día de cadencias y de reflejos de plata.

Un día descubrí las palabras,
y descubrí que en ellas estaba todo,
lo profundo y lo superfluo;
lo ignoto y lo conocido;
lo amargo y lo dulce;
lo alcanzable y lo imposible.
Descubrí que, con ellas,
yo podía tejer ilusiones
y borrarles los tiznes de carbón a la realidad
para que luciera limpia y esplendorosa.
¡Bastantes barrios obreros
de sucias caras negras
se nos regalaban!
Yo podía pintar las fachadas de reluciente blanco
y llenar los balcones de geranios, margaritas y alegrías
Y descubrí que, en los momentos más tristes,
podía olvidarme del negro que emborrona
y, como mucho,
dejarme llevar por una dulce melancolía de lluvia
en los cristales de mi particular existencia,
en un gris atemperado que quisiera ser,
tal vez, azul
o, igual, ser albo.

Descubrí las palabras, sí,
y me percaté que me pertenecían;
eran mías y nadie, nunca,
podría lesionarlas
pues sólo yo tenía poder sobre ellas
Y ese día supe que quería ser poeta.

Hoy sé que no las domino,
que tienen vida propia...
Pero que están ahí,
para que yo haga con ellas filigranas.
O para que las mancille de por vida.

jueves, 1 de julio de 2010

EN COMPAÑÍA DE LA PANTERA ROSA





A esas horas las personas que viajan en el cercanías llevan sus rostros recién arrancados de la cama, un boceto de lo que serán sus máscaras funerarias; semblantes áridos, asqueados, asfixiados a causa de un tedio antiguo y tenebroso, gente extraña que le resulta a Miguel más desconocida a esas horas, más ajena, individuos inquietantemente silenciosos. ¿Qué le vincula con el rostro de bronce, inescrutable y andino del inmigrante que tiene sentado enfrente? Nada, tampoco con la mujer enjuta de las ojeras poderosas, ni con el trabajador del macuto y el pelo cano; ese que tanto se parece a Pedro, su compañero de trabajo, incluso en su colorada nariz de borrachín, tanto, que al entrar en el vagón, creyó que era él. El convoy traquetea espasmódicamente, se desliza por aburridos tramos subterráneos y la ausencia de voces se hace más aguda. Hay un ambiente de funeral que los funerales quisieran, pasan los minutos y finalmente emergen por la bocana del último túnel. Aún es de noche y las luces de la autopista mitigan la oscuridad como una cicatriz luminosa, una mezquina vía láctea de faros empeñados en amarillear las tinieblas. En la distancia, tras la espalda de un monte, se insinúa la mañana con timidez virginal. A Miguel, que se ha pasado los últimos quince años trabajado en el turno de tarde, le hace sentir miserable levantarse a esas horas, hay algo antinatural, aberrante incluso, en despertarse cuando aún es de noche. Y ni siquiera se despertó para ir a trabajar como esas personas que le rodean, el cargante viaje en tren es para ir a ver al dueño de la empresa, plantarse frente a su domicilio y … Menos mal que ya clarea.

Miguel despliega su diario. Casi ha tenido que asaltar al quiosquero para que le vendiera el ejemplar, ni siquiera había roto el fleje que ceñía los paquetes de prensa. Los dos periodistas le aseguraron que esa mañana publicarían la noticia en las páginas de la sección regional. Las vuelve a leer por si se le ha pasado algo por alto, tiene tiempo, le quedan tres cuartos de hora de viaje hasta llegar al apeadero de la localidad en donde el empresario tiene su chalet. En el cuadernillo central dedicado a la actualidad regional no aparece ninguna noticia referida al cierre patronal de la empresa en la que trabaja Miguel, ni a las acciones de protesta que lleva a cabo la plantilla. NOTICIAS REGIONALES: Politiqueo provinciano. Sucesos. Plaga de palomas defecadoras en el centro de la capital. Exposición de un insigne pintor guiri en la galería de Bellas Artes, artista que “explora la inquietante angustia del hombre contemporáneo” a través de manchurrones, tal y como puede apreciarse en la fotografía de uno de sus lienzos. Miguel está furioso, él personalmente habló con los periodistas, confiaba en la palabra de aquellos dos chavales. Se supone que la prensa y el resto de los medios de comunicación reflejan lo que ocurre en la sociedad ¿Un cierre patronal ilegal no interesa? ¿Veintiséis familias arrojadas al paro no son noticia? ¿Qué tienen que hacer para que les hagan caso, poner una bomba?

Miguel alza la cabeza, sus congéneres parecen revivir con la luz del día que se va filtrando a través de las espesas ventanillas bañadas de polvo. El tren se detiene y se les une el inevitable jovenzuelo con los cascos puestos y su más inevitable desconsideración hacia el resto del pasaje al que obliga a escuchar su sincopado y odioso chumba-chumba que supura desde los auriculares. La tamizada y ambigua luz de la mañana compone un halo de matices fantasmales en el interior del vagón. Miguel se sumerge nuevamente en el diario. ¿Qué trae hoy la prensa? DEPORTES: Fichaje multimillonario de un futbolista. Miguel siente asco, indignación, rabia, esos tíos ganan los millones a patadas. Antes de quedarse sin empleo estaba orgulloso que su equipo del alma fuera el que más tirara de talonario, el que fichara a las más rutilantes estrellas, pero ahora no, ahora advierte una dimensión obscena en todo ese mercadeo. INTERNACIONAL: Un presidente latinoamericano ha decretado por sorpresa la nacionalización de los hidrocarburos de su país. Las empresas españolas con intereses en la zona están que trinan. El presidente está loco, es un bocazas, un dictador, es populista y es lo peor de lo peor, el anticristo, vamos. Además: masacre en Chechenia, guerras, crisis y calamidades varias. ARTÍCULO DE OPINIÓN: Aniversario de una hambruna en Ucrania perpetrada por los rusos cuando eran malos y comunistas. Con indignación moral, con adjetivos vehementes, el autor del artículo repasa el “genocidio comunista”. Procesos de Moscú, militares polacos criando malvas, Siberia, campos de trabajo, etc, etc. ¿Qué coño es esto? Miguel que es más de prensa deportiva, le parece que el articulista se ha equivocado de medio, se supone que tendría que estar leyendo un artículo de opinión sobre la actualidad y aquello es una clase de Historia. La explicación viene al final del texto: “los herederos ideológicos del comunismo aún no han pedido perdón”. ¡Joder! Si hace un montón de años que el comunismo se fue a tomar por el culo ¿de qué tienen miedo? ¿qué resucite? Además ¿porque no dejan la Historia para los historiadores? ¿no hay atrocidades actuales en el mundo que denunciar para tener que seguir removiendo la mojama siberiana? NACIONAL: Gobierno y oposición se lanzan mutuamente agrios reproches. Repaso a los últimos casos de corrupción. A Miguel le asquea el panorama político, todavía vota, a los socialistas, claro, se supone que los sociatas siempre estarán más al lado de los trabajadores que la puta derechona; todavía vota, pero cada vez le produce más pereza acudir a las urnas. MOTOR: Está la cosa como para comprarse un coche. CULTURA: La autora disecciona en su última novela la “vulnerabilidad del ser humano”, una trágica historia de amor ambientada en la posguerra. Miguel nunca deja de asombrarse respecto a los escritores, intelectuales y demás listillos del mundo de la cultura, le parecen extraterrestres. Hablan de temas que no tienen nada que ver con la vida que él vive. No se reconoce en nada de lo que retratan, ni le conciernen los problemas sobre los que debaten. SOCIEDAD: La celebridad París Hilton muy deprimida tras morirse su queridísimo perrito chihuahua, página al completo con fotos. Se rumorea que la diva trató de suicidarse. ANUNCIOS CLASIFICADOS: Anuncios varios: cuatro páginas. Bolsa de trabajo: una página; casi todas las ofertas son para trabajar de vendedor a comisión sin sueldo fijo ni alta en la Seguridad Social. Ofertas de prostitución: cuatro páginas. Videncia, tarot y astrología telefónica: una página. ECONOMÍA: El país deja atrás la crisis, crece el P.I.B. en el último trimestre, renace el optimismo. El gobernador del Banco de España exige el abaratamiento del despido. LABORAL: Una firma de sanitarios cierra dejando sin empleo a más de quinientos obreros. El presidente del comité de empresa denuncia que la empresa –una multinacional que recientemente adquirió la planta española- obtuvo el pasado ejercicio suculentos beneficios, pero que aún así, pretende trasladar la producción a una factoría de Camboya donde los costes laborales son irrisorios. Confía en que con sus movilizaciones logren evitar la deslocalización. Miguel pronostica que se llevarán la fábrica a Camboya o a donde les salga de la polla, porque no hay ley, Gobierno, ni autoridad que lo impida ni sindicato que lo detenga. Miguel constata que al despido de más de quinientos tíos le han dedicado un tercio de página, el resto es publicidad. Al parecer, el rotativo no considera que la desaparición de la industria sea un asunto importante. En la empresa de Miguel son tan sólo veintiséis tíos, una de las muchas empresas auxiliares del sector de la automoción que se han desvanecido en los últimos dos años ¿a quién le importa? Esa es la verdad, su suerte y la de sus compañeros no le importa a nadie. Tampoco Miguel, cuando creía que tenía el trabajo fijo y asegurado para siempre, le importaba un bledo los desmantelamientos empresariales ajenos. SUPLEMENTO ESTILOS DE VIDA: Catas de vino. Nuevas tendencias en interiorismo. Cocina japonesa. ¿Cirugía estética o cirugía reparadora? Tu coche habla por ti ¿Qué hacer con las canas? PROGRAMACIÓN TELEVISIVA: No hay fútbol, que pena. Sin embargo, por la noche dan una buena película de acción y luego un programa de cotilleo. Menos es nada, al menos uno distrae la mente.

Miguel desciende en el apeadero y camina rumbo al piquete, afortunadamente la estación de ferrocarril no queda lejos de la casa del dueño de su empresa. Lleva el diario consigo, alguno de los compañeros lo leerá para combatir el aburrimiento que destilan las horas de espera. Superada la curva que dibuja la calle se divisa una nube de hombres con sus batas azules arrebujados alrededor de un bidón de petróleo en cuyo interior crepita un fuego. Sin embargo, ese día hay un sujeto inesperado entre los que esperan arremolinados sobre la acera. Miguel se detiene, se pasma, duda, camina unos pasos más para cerciorarse de lo que está viendo. Hay un tío charlando animadamente con sus compañeros, sí, es un tío, fuma un cigarrillo y hasta bebe de un termo que le pasan, la cabeza de un disfraz le cuelga en la parte trasera de sus hombros a modo de capucha. ¡Un tío disfrazado de pantera rosa! “¿Quién es este?” –pregunta Miguel en el momento de unirse al grupo. “Es de una empresa de cobro de morosos –le informan-, va así vestido para avergonzar al jefazo que se ve que tampoco paga a los proveedores”. La pantera rosa se presenta y le ofrece su apeluchada mano o garra textil o lo que sea. Los compañeros intercambian comentarios jocosos con la pantera y Miguel piensa que semejante estampa no es seria y que sus compañeros son idiotas ¿por qué se alegran de compartir con la pantera rosa? Si ese espantajo está ahí con ellos, es que el jefazo ha decidido no pagar a nadie, tampoco a ellos. Ya les previno el abogado del sindicato que el empresario se saldría con la suya pese a la ilegalidad del cierre patronal, que se despidieran de los sueldos que les deben y que se olvidasen de cobrar la indemnización por los años trabajados. Cobrarían menos de lo que tienen derecho, tarde y mal, del fondo de garantía salarial. Sí, claro, podrían pleitear y un tribunal les acabaría dándoles la razón después de mucho tiempo y papeleo, pero dinero, lo que se dice dinero, no verían ni un céntimo. Si el empresario no es tonto –y no lo es- ya se habrá molestado en quedar en una situación de insolvencia formal que evitara que le embargaran prácticamente nada para enjuagar el pasivo. Entonces Miguel, no le creyó, vamos a luchar, dijo, era una cuestión de justicia, era una cuestión de orgullo. Por eso montaron el piquete frente a la casa del empresario, y están allí desde hace diez días, frente a los muros grafiteados de la mansión, repletos de pintadas llamándole ladrón con nombre y apellidos y el clásico dibujito infantil de un monigote ahorcado. Aparece el coche de la patrulla de la Policía Municipal, le piden el carnet de identidad a la pantera rosa. La policía les visita desde el primer día, el Eduardo que es un enteradillo que todo lo sabe, asegura que es una deferencia del alcalde al empresario, ambos son amigos íntimos desde la infancia, cuando compartían pupitre en La Salle. La policía les dijo que tenían derecho al pataleo, nada más, ellos están allí para proteger al patrón. Ahora son los policías los que bromean con la pantera rosa. Miguel oye como la pantera les cuenta que ese es el disfraz que más le gusta de su trabajo porque le oculta el rostro; “no es bueno que se queden con tu cara”, en verano va vestido de gaitero escocés, que es más fresquito. Miguel se pregunta como tiene ese tío el cuajo de hacer lo que hace, él no podría, además ¿qué clase de trabajo es ese? Miguel estaba ocho horas diarias manejando una máquina que vulcanizaba correas de ventilación, no es que se realizara, no, hubiera preferido ser el fotógrafo del calendario Pirelli, pero bueno, era un trabajo en que se fabricaban objetos útiles y tangibles y aún recuerda con orgullo cuando le felicitó el técnico de control de calidad porque él era el que menos rechazos generaba de toda la sala de producción. Pero ir incordiando a morosos embutido en ese humillante disfraz de pantera rosa, arriesgándose a que le partan la jeta ¿eso qué es? ¿cómo puede hacerlo? Se abre automáticamente la verja del chalet y un Audi surge de la finca, los dos policías adoptan una pose marcial. Como cada mañana desde hace diez días los obreros hacen sonar matracas, silbatos y sirenas, Eduardo recita por el megáfono: “Ladrón, cabrón, paga lo que debes”. El empresario ni siquiera se digna en mirar a los que han sido sus empleados, en los asientos traseros viajan sus dos retoños rubios camino de la escuela, los niños están encantados con el jaleo, saludan entusiasmados a la pantera rosa que en ese momento salta y agita los brazos exhibiendo un maletín en el que aparece inscrito en letras gruesas “cobro a morosos”. Miguel ya no soporta la inutilidad de lo que contempla, hasta ese día ha tenido la moral alta, pero ya no. “Me voy a mear” –anuncia en voz baja, nada más faltaría hacerlo delante de la policía y que le pusieran una multa por hacer aguas menores en la vía pública. Miguel dobla la esquina y se parapeta tras un contenedor de basura. Tiene deseos de orinar, pero no le sale, la mente está puesta en otro asunto, se acuerda de Amadeo. Desde que se ha quedado en paro, piensa en Amadeo más de lo que le gustaría. Amadeo era uno de los habituales del bar de su calle, solía llevarle a Miguel la contraria en las discusiones futboleras (es lo que tiene ser del equipo contrario). Un día dejó de pasarse por el bar, se comentó que se había divorciado y que lo habían despedido, todo a la vez. A los seis meses de perderle de vista, Miguel se tropezó con Amadeo, mientras éste hacía cola ante un convento en el que repartían comida gratis. Constituían la cola un número menor de personas de aspecto indigente de lo que cabría esperar, pero aún así, Amadeo resaltaba por su pulcritud en el vestir y por ir repeinado, como si tratara de aferrarse a la poca dignidad que aún retenía. Al verse reconocido, Amadeo se sonrojó, bajó la vista e improvisó una mentira torpe: “no es para mí, es para un amigo”. En el momento de la despedida, su amigo le rogó: “no lo cuentes en el bar”. Lo primero que hizo Miguel al llegar a su barrio fue irse directamente al bar a largar su encuentro con Amadeo, era un chisme demasiado bueno para guardárselo. De la desgracia de Amadeo, los contertulios del bareto echaron la culpa a las mujeres que “son muy putas y vengativas a la hora de divorciarse. Ella se ha quedado con la casa y él con cincuenta años a la puta calle”; pero sobretodo culpabilizaron al propio Amadeo porque “trabajo hay, lo que pasa es que hay que buscarlo”. Miguel cumplirá cuarenta años el próximo abril y por primera vez en su vida tiene realmente miedo, hace tres meses que no cobra, los ahorros se agotan, la hipoteca no espera ¿qué será de su mujer y sus dos hijas? ¿él también perderá a su familia? Por no perderla haría lo que fuera. Ha llegado a temer lo que para él resultaba imposible, que quizás no esté tan lejos como quisiera de Amadeo y de la fila del convento. Es mejor que no pienses en eso, se dice Miguel angustiado. Siente un escalofrío, percibe una presencia y al girarse contempla como se aproxima la pantera rosa ¿Qué pretende? ¿será uno de esos maricones de urinario? Miguel no sabe como reaccionar, está a mitad de la meada, como se pase un gramo se va a llevar una hostia (la hostia que jamás le pegará al empresario que le ha desposeído de su medio de vida). La pantera se sitúa a su lado y le confiesa risueña: -Parece que los dos hemos pensado lo mismo.
La pantera rosa es una maricona, no hay duda, concluye Miguel: -¿El qué?
-Que cualquiera se pone a mear con los munipas al lado.
-¡Ah, sí! –La pantera se saca el rabo y a Miguel se le escapa una pregunta que jamás pensó que haría: -¿Dónde tienes la bragueta?
-Pues disimulada entre la felpa. Si tuviéramos que quitarnos el traje cada vez que vamos a mear, no haríamos otra cosa. ¡Oye! tú no serás uno de esos…
-¡No, no! –y cambiando apresuradamente de tema: -¿Y en tu empresa como vais de trabajo?
-Con la crisis estamos a tope de faena, se han disparado los impagados y no podemos hacer frente a todos los encargos que nos llegan.
-¿Y no necesitaríais a alguien? –Miguel tampoco pensó que haría esa pregunta.
-Necesitamos a un tío que haga de cobrador del frac ¿te interesa?
-Sí, sí –Miguel se la sacude y la guarda. Se siente confuso y vagamente esperanzado.
-Mañana me traes un currículum. –Y como reparando en lo chusco de la situación: -Fíjate lo que da de sí una meada. Ya lo dice el refrán: picha española nunca mea sola –la pantera se carcajea. Miguel advierte que la vida puede ser tan inesperada como surrealista.

martes, 29 de junio de 2010

PIGMALIÓN Y GALATEA

Os dejo el depertar de Galatea, surgida del docto cincel de Pigmalión. Os cuento ese despertar en dos textos, íntimamente ligados. En el primero, Pigmalión se enfrenta a la piedra (Pigmalión, a los primeros rayos de sol) y, en el segundo, Galatea despierta a la vida (Galatea despertó del sueño de la pieda enamorada)




PIGMALIÓN A LOS PRIMEROS RAYOS DE SOL

Había estado lloviendo muchos, muchos días; durante demasiados días grises, pero ahora, el tímido sol parecía querer romper la que casi se había convertido en nube de piedra. Sus timoratos rayos comenzaron a calentar el gélido ambiente y, así, poco a poco, el frío remitía y la luz se convertía en única protagonista. Aquello le permitía un resquicio a la esperanza.

Su fluctuante carácter, su ser de ida y vuelta, ante el sol, se reavivaba y se ofrecía nuevo y, aquel día, de forma especial, sintió que la creatividad dormida tanto tiempo, como el sol de primavera, despertaba del letargo frío y húmedo. Aquel hombre, tanto tiempo sumergido en los abismos del pensamiento caníbal, creía que de la roca, del barro o del metal, como prisioneros o esclavos cautivos, sólo surgirían seres dolientes como su propio yo. Cual Miguel Ángel, quiso verse artífice de la liberación, arrancando a la piedra su tormento, al barro su dolor y el sudor al inerte metal. ¿Podría él, acaso, liberar a sus esclavos para ser, de algún excelso mausoleo, tenentes de lujo?

No, la atormentada energía, la "terribilità" michelangiolesca, no parecía su herramienta en aquel momento. Y, desde luego, su erróneo pesar por el gris había quedado relegado al olvido con los rayos de sol que ya prometían inundarlo todo

Se enfrentó a la piedra, una vez más, sintiéndose como la divinidad única que habitara en el cenit de un espacio infinito y virgen. Y sus dedos, otrora agarrotados por el frío de su helada sangre adormecida, parecían ungidos de virtuosismo y, ante él, nacida como si santificada fuera antes, incluso, de su bautismo, empezó a surgir bella una sirena de estrellas.

Magia. Sintió la magia que lo impregnaba todo. La sintió en el mineral que tomaba cuerpo en sus manos. Allí no había esclavos ni cautivos, sino vida alegre que porfiaba por cantar a la mañana.

Surgió, del mármol, bella; se modeló dulce y cadenciosa y resultó ser perfecta, su Galatea.




GALATEA DESPERTÓ DEL SUEÑO DE LA PIEDRA ENAMORADA


Absorto ante la contemplación exhausta de su obra perdió la noción del tiempo. No en vano, nunca antes de sus manos y su cincel había surgido nada comparable. La belleza más excelsa, aquella que sólo habita en sueños, había quedado cautiva en el mármol blanco. Y él se sintió, de pronto, como su carcelero. Si ante la piedra soñó liberar al esclavo que la habitaba, ahora se advertía como su celador y guardián.

No pudo evitar que sus manos, casi como si de un rito sagrado se tratara, acariciaran la epidermis de roca, suavemente, maravillándose de que, ante el paso admirado de sus dedos, el tacto no fuera frío, como prometía el granítico joyel, sino de terciopelo.

Una y otra vez sus dedos marcaron el camino que los ojos bendecían en el cuerpo inerte de Galatea y, una y otra vez, sintió el contacto cálido que anunciaba un torrente de sangre tras la piedra.

Un irrefrenable impulso se apoderó de todos sus pensamientos y sus actos y, abandonándose a él, de forma apasionada, unió sus labios con los de la bella escultura. La sangre se agolpó en su boca y, con igual calor, la sangre le devolvió el beso. Un torbellino de fugaces luces y de ansias eternas, dormidos en su ser desde que el tiempo era, despertó a borbotones en su cuerpo y sintió el arrebato de amor más pasional de toda la historia de los hombres.

Y su obra respondió con la misma intensidad en aquel beso y en aquel subir al cielo. La desnudez vítrea del alabastro se cubrió de sepias y oros; se ruborizó la pétrea piel de cera ante el contacto de otra piel y un ligero temblor recorrió toda la anatomía de la talla. Se adivinaron los surcos azulados de unas venas por las que corría la vida, palpitando. Y de los labios surgió, apenas audible, un ligero suspiro de placer.

Galatea despertó del sueño de la piedra enamorada.

domingo, 27 de junio de 2010

UN DÍA PARTICULAR EN LA VIDA DE GREGARIO GARCÍA (por Héctor)



UN DÍA PARTICULAR EN LA VIDA DE GREGARIO GARCÍA


El día empieza mal, Internet no funciona. Lo que fuese que se hubiese averiado no podía haber escogido un momento más inoportuno. Gregorio García, sentado en calzoncillos frente a su portátil, se siente frustrado;  está nervioso, la hazaña cometida el día anterior pesa demasiado en su ánimo. Con el propósito de informarse acerca de su proeza por otro medio, decide vestirse y acercarse hasta el quiosco de la esquina, pero lo encuentra cerrado. Un cartel sujeto con celo explica el motivo: huelga de los repartidores de prensa. Gregorio se cabrea y con gesto agrio barrunta un par de tacos. Es domingo, poco más de las nueve de la mañana y ya todo parece torcerse obedeciendo a una espesa conspiración del destino. Sabe que será difícil, pero quizás en la fotografía que publiquen -porque publicarán imágenes de aquel despelote, eso es seguro- llegará a reconocerse. Gregorio busca esa foto, necesita esa foto, ya ha decidido que la colgará en el estudio y que aprovechará aquel marco de madera que tiene por casa (bastará con quitar el diploma de asistencia al campeonato de petanca del camping y asunto resuelto). Todavía con el resquemor reciente de haberse encontrado cerrado el quiosco, Gregorio se pone a los mandos de su coche para ir a la gasolinera a comprar el pan. Por el camino nota que el vehículo emite un sonido sincopado, que le alarma, las pequeñas catástrofes se van acumulando una tras otra. Conecta la radio para distraerse, sintoniza su emisora deportiva preferida y lo que escucha de boca del locutor le indigna: El seleccionador nacional de fútbol excluye nuevamente a R de la convocatoria ante el decisivo partido contra Irlanda del Norte: “¡Valiente hijo de puta! ¿Por qué no lo echan? ¿Cómo coño queremos clasificarnos si R no juega?”. Ojalá le pusieran a él de seleccionador, se encargaría de poner a todos esos vagos a correr. Definitivamente -dictamina- son todos unos putos señoritos que no sienten los colores.

Al llegar a la gasolinera, extrae su tarjeta de crédito para pagar el pan y es entonces cuando ocurre el incidente: La-tonta-del-culo-de-la-dependienta, una-inmigrante-latina-de-mierda, certifica mentalmente Gregorio, al leer su nombre en el carné de identidad, va y dice:

-Señor Gregario García.
-Gregario no, Gregorio, me llamo Gregorio García ¿Tanto cuesta leer Gregorio?
-Usted perdone, caballero.

Compungido, Gregorio vuelve a su vehículo. La cosa que más le jode en esta vida es que le cambien el nombre; “eso, eso, te... despersonaliza”, alcanza a decirse Gregorio. Ya ha blasfemado siete veces y aún no son las diez de la mañana. Se detiene en un semáforo y contempla una valla publicitaria que aún exhibe un cartel en el que se solicita el voto para el partido del Gobierno. Gregorio lo contempla con desdén. Está muy decepcionado con el actual Gobierno y piensa votar a los otros -al principal partido de la oposición- en cuanto convoquen nuevas elecciones. Lleva toda la vida votando más o menos alternativamente a uno de los dos partidos mayoritarios. No suele dedicar mucho tiempo a pensar en la política, hay veces en que a pie de urna decide a quien va a votar. La última vez que adquirió una tostadora le supuso un mayor esfuerzo de reflexión intelectual que la tarea de escoger candidato, al fin y al cabo no vale la pena matarse pensado en ello. “Todos los políticos son iguales”, sentencia solemnemente mientras la señal de paso se pone en verde. Ya se había olvidado del ruidito de marras, pero éste vuelve a manifestarse.  Gregorio piensa que ya es hora que vaya considerando en cambiarse el coche, ya tiene dos años y medio y, con la rapidez con que evoluciona el mercado automovilístico; pronto se quedará obsoleto, quizás debería ir comprando revistas de coches para empezar a comparar modelos. Su vecino se ha comprado un Audi; Gregorio lleva toda la semana pensando en ello. Por el empleo que tiene su vecino, deduce que ese gilipollas gana incluso menos dinero que él, así, que no entiende cómo se ha podido comprar un coche mejor que el suyo. En general no entiende cómo hace la gente para llevar el tren de vida que lleva; que si coche nuevo, que si segundas residencias, que si cruceros con toda la familia...  Pensar en  todo ello le pone enfermo, incluso melancólico, Gregorio cree que la vida le está negando goces legítimos. Nuevamente se detiene ante otro semáforo, otra valla publicitaria que anuncia una empresa de reunificación de créditos le da la respuesta al enigma de su vecino: ¡Claro! El hijo de puta debe haber renovado la hipoteca. “¡Coño! yo también puedo hacer lo mismo!” Rumía que la parienta igual no lo ve tan claro. Ya puede oír las objeciones que opondrá su mujer. Habrá que añadir algo para endulzarle la píldora, le dirá que junto al todoterreno irán la secadora de ropa por la que suspira y unas vacaciones en Eurodisney con los niños.

Gregorio aparca en su calle, entra el bar que hay frente al edificio en el que vive y pide un café con leche y un cruasán. Ramiro, el dueño del bar, le dice que a él tampoco le han traído la prensa. Gregorio recuerda que Manolo -su compañero de almacén- vive apenas a un par de manzanas y tiene internet en casa. Gregorio sabe que Manolo no le pondría reparos si quisiera consultar algo en su ordenador, el problema es que no quiere que se entere de su proeza; ni él, ni nadie del trabajo. Sus compañeros no pueden entender lo que Gregorio ha hecho, están genéticamente incapacitados para ello, son gente adocenada, buena gente, pero borregos. Hay que tener mucho valor, una mente muy abierta y gran anchura de miras para atreverse a participar en algo como lo del día anterior. ¿Cómo explicarle a los mangurrinos del almacén su falta de pudor en el momento de salir al césped? Y explicarles, además, que lo ha hecho voluntaria y gratuitamente, por amor al arte. Gregorio constata con orgullo que hay que tener mucha personalidad para llevar a cabo lo que él se ha atrevido a hacer. Nuestro héroe ultima el cruasán y descarta visitar a Manolo. Por otra parte, es casi seguro que su compañero le entretendrá -es un buenazo, pero un plasta-, y la verdad es que querría ver el Gran Premio de automovilismo de Malasia que retransmiten por televisión y antes tiene que lavar el coche. Además, luego le ha prometido a su mujer que irían con los niños a pasar la tarde en el centro comercial,  ya que es el único domingo del mes en que abre. Y más tarde queda cenar con la familia en el McDonald´s. A Gregorio le priva comer en los McDonald’s, es de los que se deleitan con la flojedad del pan y la blandura de la carne, le arrebata ese rastro de insatisfacción que deja la hamburguesa en la boca, ese deseo imperioso de pedir otra. Piensa en que esa noche irá a la hamburguesería y la idea le mece el apetito. Como siempre que van, adoptará una pose un tanto desdeñosa, dirá que a él no le gusta la comida basura y que todo en conjunto es una americanada, pero que hay que sacrificarse por los niños.

Gregorio regresa a su casa. Sin convicción pone en marcha el ordenador y ¡bingo!, internet vuelve a funcionar. Inmediatamente consulta las ediciones de la prensa digital, encuentra la noticia que busca y se concentra en la imagen que la acompaña. Un fotógrafo recorre el mundo retratando multitudes desnudas para mostrar plásticamente la vulnerabilidad del ser humano. Gregorio cree reconocerse, está seguro, señala con la uña la pantalla, un píxel le ha inmortalizado. Fuerza la mirada apretando los párpados y frunciendo el ceño; sí, es él, está allí, recuerda donde le colocaron, está allí, junto a otras cinco mil personas que posan desnudas sobre el césped del estadio. Gregorio García y cinco mil desconocidos más, semejantes a una bandada de flamencos asustados, una masa rosácea de cuerpos apretujados. Gregorio alza la mirada de la pantalla y suspira orgulloso, es una estrella entre miles, un astro cuya luz personal se solapa hasta la insignificancia, sepultada entre la amalgama obscena de aquella cárnica vía láctea.


REGALIZ Y PILARÍN (un relato conjunto; por Amelia y Héctor)



REGALIZ Y PILARÍN 

 

REGALIZ 




¿Te acordabas acaso de mí?.

Soy Regaliz. ¿Te acuerdas?. Sí, creo que sí, no puedes olvidarme del todo. Aunque ahora esté dormido en el fondo de un armario, triste y olvidado y el polvo se haya ido acumulando en mis muchas cicatrices. Durante años fui zurcido y remendado a pesar de que  cada una de las heridas en mi sufrido cuerpo eran, en ti, llantos e hipos.

¡Te acuerdas!... Sí, no puedes negarlo. Por eso hoy has abierto el armario y me has buscado; y tu abrazo me ha reconfortado. Eso sí,  tengo una gran pena, ¡qué hayas tardado tanto!.

Eras un crío, apenas unos pocos años, dos quizás, acaso tres, o a lo sumo cuatro. Algo más de cuarenta años han pasado y ¡Cuántos recuerdos!... Tantas y tantas noches juntos: tu cama era mi cama. En tu errático deambular por las camas de la casa te he seguido; siempre ibas tiernamente abrazado a mi desgastada pana. En la cama de los papás, en tus primeros años, junto al calor amable de mamá -que así también yo la he considerado- y los pequeños ronquidos de papá, que casi nos acunaban;  o, durante esas noches de miedos, en la cama de alguno de tus hermanos mayores, que de mí tanto se reían; O en la cama supletoria, cuando algún amigo venía a casa y se quedaba a dormir, desplazándonos los dos a ella; aún recuerdo el muelle suelto, el que me provocó aquel costurón tan grande que luzco en toda mi espalda


Testigo he sido de todos tus miedos; de aquellos que acallaste y aquietaste en tu mente gracias a los fuertes achuchones que me dabas. Tu carita dulce era mi almohada en esas noches. Y aquellos suspensos que alguna vez trajiste y que, en mi cuerpo, encontraron el consuelo; o las confidencias sobre aquella pelirrojilla pecoseta que tanto rabiar te hacía...  ¡si hasta me clavabas las uñas en mi, ya por entonces, ajada piel de paño!. Y, ¿te acuerdas?; tu primer beso, en mí lo escenificaste, sin pudor -bueno, a mí sí lo produjo, aún no sé como no lo sentiste, pero creo que hasta se encogieron mis costuras-. Y, luego, las decepciones, que también lloré contigo. Los exámenes tan duros, junto a tu mesa de estudio, tantas noches. ¿Y el primer día de universidad?...

Pero poco a poco me fuiste arrinconando. Un buen día, me apartaste de aquella mesa de estudio dónde tanto y tanto habíamos pasado y fui relegado a una estantería. Desde allí asistí a otros abrazos furtivos en noches fugaces; y aquella pecoseta, que antaño tanto te hiciera rabiar, fue haciéndose la dueña del que otrora fuera mi regazo.

Un buen día, te fuiste de aquella casa y me quedé solo, durante meses y meses, en la habitación vacía y oscura. Pero al tiempo volviste, lloroso, un día. ¡Un hombretón enorme, llorando como un niño! Y te acercaste a mí, sin verme. Cogiste un libro del estante inmediato y, no sé bien cómo, caí al suelo. Y entonces sí, entonces me cogiste con mimo, me miraste profundamente a mis negros azabaches y te comprendí: estabas solo. Esa noche volví a sentir tu calor. Compartí otra vez tus alterados sueños y tus lágrimas mojaron mi reseco cuerpo hasta que,  el final te pudo el cansancio y tus ojos vencieron a la vigilia: despertaste fuertemente agarrado a tu regaliz... Aquella noche creí que habías comprendido, por fin, el dolor que sentí en tu ausencia.


Muchas noches más fui tu confidente, de nuevo. Volvía al estante muchas veces, pero en muchas otras te acompañaba en tus desvelos. Sin embargo, el tiempo me deparaba, de nuevo, tristes augurios y, de nuevo, poco a poco,  me condenaste al olvido. Otros brazos volvieron a abrazar tu cuerpo y te volviste a avergonzar de ese peluchito y terminé otra vez en un rincón del armario, esta vez por mucho tiempo.

He llorado calladas y secas lágrimas demasiadas noches... esperándote... pero no has llegado ninguna de ellas.. El día me deparaba nuevas esperanzas, pero caía de nuevo una noche solitaria, sumida en la espera y el desconsuelo. Sin embargo, siempre he seguido confiando en tu regreso. 

Hoy tristes realidades te traen de nuevo, tu alma precisa consuelo ¿verdad?. Y vuelves a mí. No te preocupes ni te avergüences, yo no tengo nada que reprocharte. Me dejaré de nuevo abrazar y, con todo mi quieto, silencioso e inanimado cariño, seré de nuevo consuelo y compañía.  No me importa el olvido al que me sometiste, ya lo he olvidado. No me importa, no con tu abrazo, porque ¿sabes, amigo? ¡yo te he querido!.Y ya no me importa el silencio en el que he vivido, porque, ¡siéntelo, amigo!, ¡¡¡YO TE QUIERO!!!




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PILARÍN
 



¿Te acordabas acaso de mí? ¡Cabrón! 


Soy Pilarín. ¿Te acuerdas? Sí, creo que sí, no puedes olvidarme del todo. Mi cuerpo era tuyo y lo usabas a tu antojo. Mi boca, mi vagina y mi ano estaban siempre a tu disposición. Yo soportaba tus acometidas y tus eyaculaciones sin protestar, con los ojos abiertos, en silencio. 


¡Te acuerdas!... Sí, no puedes negarlo. Por eso me has buscado, y has llorado después de correrte, abrazado a mí, lamentando que hayas tenido que volver a cobijarte en mi despreciado cuerpo. Eso sí,  tengo una gran pena, ¡qué hayas tardado tanto!  


Eras un crío, apenas un mozalbete adolescente, cuando entré en tú vida. Tenías más espinillas en la cara que granos de arroz tiene una paella y el brazo derecho más musculado que el izquierdo, de lo mucho que le dabas a la zambomba. Yo cambié tu vida sexual. Fui tu primer amor, los primeros pechos duros que babeaste. Algo más de cuarenta años han pasado y ¡Cuántos recuerdos!... Tantas y tantas noches juntos: tu cama era mi cama. En tu errático deambular por las camas de la casa te he seguido; siempre ibas tiernamente abrazado a mi cuerpo. Me follabas en la cama de tus papás cuando ellos no estaban, también en la cama de alguno de tus hermanos mayores, que de mí tanto se reían; O en la cama supletoria, cuando algún amigo venía a casa y se quedaba a dormir, desplazándonos los dos a ella; aún recuerdo el muelle suelto, el que me provocó aquel costurón tan grande que luzco en toda mi espalda. Luego me cedías a tu amigo. 


Fuimos muy felices, pero poco a poco me fuiste arrinconando. Un buen día, aparecieron otras chicas de dudoso gusto con  el maquillaje, calzando botas de caña alta, tatuadas más arriba de la rabadilla, mascando chicle y con piercing en la lengua. Tú les dabas dinero y ellas te hacían todo tipo de cosas. Solías fornicarlas sin preocuparte que yo estuviera presente en la misma habitación, sentada en un rincón; más de una vez me salpicaste a propósito. Aquellas putas me miraban, se reían y gastaban bromas a mi costa. Nunca te importaron mis sentimientos. En ocasiones, me obligabas a compartir el lecho con tus putitas, en enloquecidos tríos. Yo lo aguantaba todo estoicamente, convencida de que mi amor podría cambiarte. 


Luego entró  en tu vida la pecosa, aquella frutera de la que estabas enamorado. Sin haberte hecho otra cosa que quererte, me castigaste, ocultándome en el armario;  por el ojo de la cerradura vislumbré como le hacías el amor y eras feliz con ella. Cuando aquella guarra te abandonó, volviste humillado a mí y volví a sentir el calor de tu cuerpo y tus gemidos entrecortados. 


Volviste con tu amor, pero también con tu rabia; porque todo hay que decirlo: he aguantado más malo que bueno, a tu lado. Me mantenías encerrada en la casa, oculta a los vecinos, sin presentarme en los círculos sociales en los que pretendías pasar por ser alguien respetable. Recluida, desnuda y descalza la mayor parte del tiempo, sin importarte si hacía o no frío, siempre dispuesta para tus apetitos. Apenas algunos días –¡fueron tan pocos!- en que estabas juguetón, me vestías con lencería fina y tacones, y me decías cosas dulces al oído mientras me pintabas los labios de carmín. 


No tengo, la verdad,  muchas cosas que agradecerte; fui, es triste reconocerlo, un mero objeto sexual para ti. Yo era la que te servía para que descargaras, nada más. Nunca me preguntaste si me apetecía, si me dolía la cabeza o cómo me había ido el día. Tú llegabas y, sin darme los buenos días ni las buenas tardes, me follabas con desprecio falócrata. La mayor parte de las veces tu saludo era un pollazo en mi boca. Para ti, lo más parecido a un juego previo era arrojarme en el sofá y “regalarme” tus babosos magreos a juego con tu aliento cervecero, mientras te calentabas contemplando una película pornográfica, cipote en ristre. Copiosa ha sido tu brutalidad ¿He de recordarte que me “estucabas” el rostro con tus lecherazos sin pedirme permiso, cuando te salía a ti de los huevos? Tú ibas a lo tuyo, nada más. Solías acabar emitiendo un gruñido, luego, invariablemente, te girabas en la cama y dándome la espalda, soltabas un sonoro pedo. Ni una sola vez me preparaste una de esas veladas románticas que tanto nos gustan a las chicas, con sus velas, su música suave, la luz tenue y el champán enfriándose en la cubitera. Sí, recuerdo que me jodías encima de la lavadora, aprovechando el traqueteo que sacudía el aparato al hacer el centrifugado. ¡Mal nacido! ¿Qué te importaban a ti mis emociones y mis aspiraciones? No tuve anillo de compromiso ni me regalaste flores por San Valentín; y mucho menos se te pasó por la mente hacer planes de boda conmigo. ¡Con la ilusión que me hacía ir a Tenerife de luna de miel! 


Mentiría si dijera que sólo ha tenido sexo contigo, también he tenido violencia. Muchas noches llegabas borracho, dando alaridos y al verme me dabas bofetones y golpes, me volteabas y me estrellabas contra el piso. Decías que sentías asco al verme, que yo era el ejemplo palpable de todos tus fracasos, que te daba mala suerte y que el día menos pensado me descuartizarías en pedazos con unas tijeras de podar y me arrojarías a un contenedor de basuras. Luego, te abrazabas a mí, llorando, maldiciendo a la vida y sus tragedias, narrándome tus desamores y tus miserias. 


Muchas noches más fui tu confidente, de nuevo. Regresaron las chicas de pago, en más ocasiones, pero en muchas otras te acompañaba en tus desvelos. Sin embargo, el tiempo me deparaba, de nuevo, tristes augurios y, poco a poco, me condenaste al olvido. Otros brazos volvieron a abrazar tu cuerpo y te volviste a avergonzar de mí y terminé otra vez en un rincón del armario, esta vez por mucho tiempo.  


De haber podido llorar te hubiera llorado demasiadas noches... esperándote... pero no has llegado ninguna de ellas. El día despertaba, en mí, nuevas esperanzas pero caía de nuevo una noche solitaria, sumida en la espera y el desconsuelo. Sin embargo, siempre he seguido confiando en tu regreso. 


Hoy, tristes realidades te traen de nuevo; tu alma precisa consuelo ¿verdad? Y vuelves a mí, apestando a güisqui de garrafón. No te preocupes ni te avergüences, yo no tengo nada que reprocharte. Me dejaré de nuevo abrazar y, con todo mi quieto y silencioso cariño, seré de nuevo consuelo y compañía. No me importa el olvido al que me sometiste, ya lo he olvidado. No me importa; no con tu abrazo, porque ¿sabes, amigo? ¡yo te he querido! Te he querido más que nadie, te he sido fiel más que ninguna otra; yo, la más fiel y la más despreciada. Pero ya no me importa el silencio en el que he vivido, porque, ¡siéntelo, amigo!, ¡¡¡YO TE QUIERO!!! ¡¡¡PILARÍN, TÚ MUÑECA HINCHABLE, TE  QUIERE!!!

ESCRIBIRTE UN POEMA (por Amelia)



ESCRIBIRTE UN POEMA


Quise escribirte un poema
robándole a los tiempos su lisura;
aireé las sílabas en un suspiro,
las regué en el azul
y las teñí de afecto.

Busqué, en mi cajita de sueños,
alguna rima con encanto en su piel,
la aderecé en magentas
y la acompasé, con ritmo amable,
al fluir de mi ánimo.

Llené de estrofas un querer
y lo solté al viento
con la esperanza de que se alzara
por encima, incluso, de mi afán,
sobre un mar de palabras mágicas.

Y, cuando quise darme cuenta,
no quedaba más que el perfume
-suspendido entre folios en blanco
y anhelos de tinta-
de un verso que escribí,
pensando, sólo,  en regalártelo.