NO NOS PLAGIES

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viernes, 3 de septiembre de 2010

En la basílica (IV).- Epílogo. Una súplica



4. Epílogo. Una súplica.


¡Mírame!,

no puedes dejarme así...

¡No he bebido aún todo el sabor de tus labios

ni he apurado hasta la última gota de tu néctar!


miércoles, 1 de septiembre de 2010

En la basílica (III): ANATEMAS EN LA PIEDRA


3.- Anatemas en la piedra


La piedra me devuelve

el eco oscuro de tus pasos;


pasos que se pierden y laceran


lo más profundo del templo


Un gélido dolor recorre


las aristas de los capiteles


y estremece, los muros y las torres,


el lamento hiriente del badajo




Bronces al viento,


piedra llorando musgos en barbecho,


letanía de versos,


baile de luces y sombras


con regusto a sándalo y a incienso




Preciso el latido profundo


del santo dormido


en algún rincón de la girola;


sangre en los poros,


suspiros rotos en las vidrieras,.


lamentos y ausencia


en los perfiles del alba.




Cadencias de cópula


en el estridente llanto de los santos,


oscuros presagios de más llantos


(acaso la esperanza dormida


buscando anatemas en la piedra)

jueves, 19 de agosto de 2010

MI SECRETO


MI SECRETO

Hay un hombre de aceras limpias,
de avenidas rotundas
y de calles generosas;
de horizontes sin grúas,
tejados sin hollines
y panorámica de anhelos;
un hombre ahíto en brillos y  despertares…

Hay un hombre de cortinas abiertas
y estancias luminosas,
sin aristas ni rincones,
diáfano en el periplo de luz
que el mismo engendra
y que aventura, entre evidencias,
pétalos tejidos en hilos de gloria
y clareados en rocíos.

Un hombre que, vestido en ósculos de tisú,
rezuma ámbar en su piel,
regala arándanos en la flor de su labios
y terciopelo en su mirada;
un hombre de sonrisa franca
y verbo sabio y afable
que engalana, en silbos, cada amanecida

Hay un hombre que anuncia,
en la equidad de cada gesto,
un estallido de serpentinas y confeti,
un hombre que promete desmesura
en el manar irredento de agua fresca
de la fuente de su boca
y que entrega, con calidez infinita,
su palabra amable
a la rosa de los vientos
para que la acune
y, en un despertar de trinos,
la acerque a los magnolios
que florecen, ya, en mi alma entregada

Y ese hombre, lo sabes, ¿verdad?
Ese hombre, eres tú…
Pero, ¡calla!,
Es mi secreto,
¡no se lo cuentes a nadie!

viernes, 9 de julio de 2010

La razón de mi verso



¡Desnudad la risa!
¡Desvelad el llanto!
Y cuando el alma luzca al natural,
sin aderezo alguno,
preguntadle al alma,
pues en el eco de sus respuestas
está la razón de vuestro verso.

El eco os hablará del perfil de una canción,
de la que perfuma, con nácar, los labios
cuando sus notas no se atienen al dictado impío
de una batuta desconchada en rabias.

Os contará, también, del hilván que acerca fuego y agua,
del que arropa, en brasas, las noches de silencio
y desviste los gritos de un géiser de voz ronca,
devenidos en la docta mano de un maestro.

Os predicará sobre esperas y labores
mientras sangran, los ojos, tilos y magnolias
y, en el instante doliente de un sollozo,
apreciaréis, al fin, quién es vuestro don,
y quién vuestro castigo;
comprenderéis que todo el tiempo es vuestro,
y que sólo en vosotros tiene principio y final
vuestro verso.

viernes, 2 de julio de 2010

PALABRAS


PALABRAS


La vida es aquel verso
que acarició la piel y besó el alma.
O así, al menos, la quiero vivir yo.
Porque…

¿Sabes, amigo?
A veces, el corazón no se protege en aceros
ni consume hidratos a ritmo de bongos;
a veces, no se presenta blindado,
sino que llora nieves
y no es más que un pantano de lamentos
o una marisma de sinsabores,
luciendo melaza por coronarias
y vertiendo sedas en la sangre;
a veces, el corazón se vuelve niño
y hasta puede ser que detone
en un arrebato de verbenas.

Y es entonces cuando preciso
que las realidades se tiñan de romero,
espliego o tomillo,
y se adornen de hierbabuena y albahaca;
que se acicalen, los segundos de hiel,
con jazmines y azahares;
que se turben, tímidos,
los malos pensamientos,
ante un regalo de luz de estrellas;
que la cólera y la rabia
se engalanen de tisú y gasas
y se contagien de lo sutil de las mismas,
siendo apenas un suspiro leve
o el gemido quedo que se abrace al silencio
y, en silencio, desaparezca.

Será que, cuando la vida no me gusta,
amigo mío,
me la tengo que inventar
para que luzca galana.
Será que los sueños de niña
no se me durmieron bajo el ala de algún duende
y piden su espacio en la realidad que me circunda.
Será que cuando miro dibujos que parecen sombreros,
voy más allá y veo boas y elefantes dentro.

Porque,
¿Sabes, amigo?
Necesito pensar que las mañanas
depararán, siempre, una gota de rocío
que ha de temblar, incierta,
en el pétalo aterciopelado de una rosa;
necesito saber que cada tarde
me regalará una paleta de colores
y las brochas de una suave brisa
para que pueda embadurnar, a placer, el horizonte
con alegres pinceladas de aliento;
necesito pensar que las horas duras
no son más que níveos copos de algodón
y esquirlas de estrellas,
que llenarán el día de cadencias y de reflejos de plata.

Un día descubrí las palabras,
y descubrí que en ellas estaba todo,
lo profundo y lo superfluo;
lo ignoto y lo conocido;
lo amargo y lo dulce;
lo alcanzable y lo imposible.
Descubrí que, con ellas,
yo podía tejer ilusiones
y borrarles los tiznes de carbón a la realidad
para que luciera limpia y esplendorosa.
¡Bastantes barrios obreros
de sucias caras negras
se nos regalaban!
Yo podía pintar las fachadas de reluciente blanco
y llenar los balcones de geranios, margaritas y alegrías
Y descubrí que, en los momentos más tristes,
podía olvidarme del negro que emborrona
y, como mucho,
dejarme llevar por una dulce melancolía de lluvia
en los cristales de mi particular existencia,
en un gris atemperado que quisiera ser,
tal vez, azul
o, igual, ser albo.

Descubrí las palabras, sí,
y me percaté que me pertenecían;
eran mías y nadie, nunca,
podría lesionarlas
pues sólo yo tenía poder sobre ellas
Y ese día supe que quería ser poeta.

Hoy sé que no las domino,
que tienen vida propia...
Pero que están ahí,
para que yo haga con ellas filigranas.
O para que las mancille de por vida.

domingo, 27 de junio de 2010

ESCRIBIRTE UN POEMA (por Amelia)



ESCRIBIRTE UN POEMA


Quise escribirte un poema
robándole a los tiempos su lisura;
aireé las sílabas en un suspiro,
las regué en el azul
y las teñí de afecto.

Busqué, en mi cajita de sueños,
alguna rima con encanto en su piel,
la aderecé en magentas
y la acompasé, con ritmo amable,
al fluir de mi ánimo.

Llené de estrofas un querer
y lo solté al viento
con la esperanza de que se alzara
por encima, incluso, de mi afán,
sobre un mar de palabras mágicas.

Y, cuando quise darme cuenta,
no quedaba más que el perfume
-suspendido entre folios en blanco
y anhelos de tinta-
de un verso que escribí,
pensando, sólo,  en regalártelo.